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"Mar de fondo o la existencia consciente", por Antonio Salguero Carvajal

INTRODUCCIÓN

Daniel Casado ha elegido en Wikipedia un texto a la medida para justificar no solo el sugerente título de su antología (Mar de fondo) sino también para adelantar el fundamento de su poética por medio de una metáfora que encaja perfectamente con su discurso lírico: las olas del mar de fondo no se generan en el momento de llegar a la playa, sino que vienen de muy lejos como los asuntos claves tratados por el poeta en sus versos, que no han surgido de vivencias presentes sino de otras profundamente experimentadas por su conciencia desde que tiene memoria. No obstante, su libre talante se ha ido abriendo a nuevos contenidos y formas que, poco a poco, se han  sobrepuesto a sus temas y modos de decir característicos como unas olas se entrecruzan con otras en el mar a dos bandas. En cualquier caso, unas y otras acaban llegando al lector y es en este encuentro cuando se produce esa íntima conexión que deviene en el milagro de la poesía.

Así, después de meditar sobre el doble sentido de este texto seleccionado por el autor de la antología y de la temática de los versos que la componen, compruebo que Casado, como ser humano, se mueve por unas constantes vitales que se le han grabado con fuego en su seña de identidad más íntima y que no puede eludir, porque están marcadas con hierro candente en la misma piel de su conciencia. Así en su poesía resulta insistente la reiteración de esas ideas fijas aunque las camufle, endulce o despiste con asuntos de menor importancia, comparados con sus anhelos e intranquilidades más hondas. Este hecho se debe a que su obra lírica es la crónica emocional de su existencia, una vez que se aventan los temas secundarios (que por serlos no dejan de tener relevancia en el contexto de su poética) y se quita el papel de celofán donde viene envuelta (que no es molestia para la comprensión de su obra lírica).

Esta envoltura no oculta, sin embargo, que la exposición vital realizada por Daniel Casado en sus poemarios se halle cimentada en una experiencia personal, que ha acumulado a lo largo de los años en la escuela de la vida y en una base intelectual robustecida con abundantes lecturas de escritores caracterizados por realizar una honda reflexión sobre su experiencia vital, a los que constantemente airea jalonando los libros propios con citas ajenas de Aldana, Cernuda, Ungaretti, Aleixandre, Blake, Pessoa, Borges, Monteverdi, Gamoneda, Celan, Valente, Unamuno, Juan Ramón, Pizarnik, Al Berto, Aníbal Núñez, Seferis y otros muchos, a los que frecuentemente confronta o con los que dialoga y convierte en protagonistas de sus inquietudes emocionales.

Esto mismo ha propiciado que, en sus primeros libros, elabore una poesía más íntima protagonizada por su yo lírico y que, conforme avanzaba en su experiencia vital, ese ego interno haya ido aflorando a la superficie por un desdoblamiento de su personalidad hasta que el ser poético se ha desentendido del ser existencial y ha distinguido lo real de lo literario: “Hay un poeta bestial dentro de mí. […] Él no es yo”, ha precisado el vate. Este proceso hacia el exterior ha establecido un contacto con las vivencias de los demás y, como consecuencia, un interés por los sucesos de su entorno, especialmente, los debidos al alejamiento del espíritu y a la falta de cordura en el mundo actual.

Teniendo en cuenta estas reflexiones, su poesía se asienta en tres constantes que sostienen como sólidos pilares el edificio de su poética: Una, La Poesía es la sombra de la memoria y, con el tiempo, víctima del olvido; de ahí que el sujeto lírico necesite conectar emocionalmente con sus lectores, para que sean los que hagan perdurar su palabra en el tiempo. Dos, Se canta lo que se pierde como afirmó Antonio Machado y, de distintas maneras, han expresado poetas como Miguel de Unamuno, José Ángel Valente o Antonio Gamoneda, tres de las máximas referencias líricas de Daniel Casado. Y La palabra es el valor más importante del que dispone el ser humano y más la palabra poética por ser la transmisora de un doble mensaje: el lenguaje de signos que conforma la escritura y el lenguaje de símbolos que crea en su capacidad multiplicadora.


El proyector de sombras

La conciencia lírica de Daniel Casado aflora en 1997, cuando tiene poco más de 20 años y empieza a concebir textos en prosa poética para el que será su tercer libro, publicado en la Editora Regional, El proyector de sombras (2005), desde que en sus lecturas se topa con el mito de la caverna de Platón y sus inquietantes siluetas proyectadas en la pared por la luz de la hoguera y con la novela Niebla de Unamuno y el episodio donde Augusto, el protagonista, mantiene una dramática discusión con el autor que le comunica su decisión de destruirlo como hacía Dios, pensaba el rector salmantino, con el ser humano.

De ahí que el contenido de estos escritos primeros (que no primerizos, pues Casado presenta una inusual trascendencia desde su poesía inicial) gire sobre ideas cargadas de significado existencial que se encuentran impregnadas de un tono melancólico por la presencia perenne del imparable fluir del tiempo, hecho que causa en el poeta en ciernes una latente nostalgia: “Entre el fragor de los hornos […] los panes cocían. Yo injertaba ese olor en mi piel […]. Ahora los años han puesto otro sabor en mi boca. El pan nos llega anónimo y frío, y ya no es necesario”. Además debe soportar otras preocupantes deficiencias, propias del ser humano, como la fragilidad, la dificultad de conocerse, la desorientación y la certeza de su caducidad: “Vendrá la nieve […], como un serrín doloroso a cubrirnos de olvido.”.

Esta patente madurez al comienzo de la obra poética de Daniel Casado se explica porque el origen de su poesía se encuentra en su infancia, cuando retiene imágenes del pasado donde aparecen personas, vivencias y lugares que luego veía cómo se iban esfumando por la acción erosiva del tiempo: “(De bruces cae, abuelo, la noche sobre nosotros). […] Su aliento aún brilla contra mis pómulos incendiados.”. A adoptar esta concepción vital le ayuda la afición de su padre de grabar en Super-8 los acontecimientos familiares, que luego proyecta en una pantalla donde el futuro vate comprueba el inconsistente paso por el mundo de seres, hechos y cosas que desaparecen sin más: “Aquel proyector no proyectaba realidades, sino sombras”, puntualizó Casado en su momento.

De esta certeza procede el título del poemario El proyector de sombras, que se conforma con escenas cotidianas guardadas por la mente observadora del poeta, entonces niño-adolescente: la visita de los zíngaros, el silbato del afilador, el domingo de Ramos, el recuerdo de la abuela, la dulzura materna o el deseo sensual de sus años juveniles: “Tuve tu nombre entre mis manos: Alicia”. Lógicamente en su memoria también se graban imágenes menos gratas como la pena de los niños huérfanos, las tristes mujeres del prostíbulo o la hacendosa hilandera a la que un día deja de ver tras la ventana: “Ahora que los rostros caen de los tapices [...] miramos hacia la ventana sabiendo que nadie habrá, que su sombra es ya la nuestra.”.

Es normal, por tanto, que los recuerdos recogidos en El proyector de sombras, sean un compendio de vivencias sazonadas con una evidente desazón: “El afilador [...] su armónica ha fijado el pulso exacto de mi infancia. Suya es pues, suyo el sonido que trenza estas calles descoloridas por el brillo insistente del relámpago.”. No resulta extraño, por tanto, que Daniel Casado comenzara su poesía afectado existencialmente no solo por gratas vivencias perdidas sino también por la profundidad reflexiva y el laborioso empeño que, aún escritor joven, ejerce en la elaboración de este libro.

Tal indagación en los enigmas existenciales explica que, incluso, dulces recuerdos acaben impregnados de la negatividad de lo caduco, pues Casado es plenamente consciente de que, detrás del gozo de vivir (y de la belleza, y de la juventud, y de la alegría), se hallan siempre el dolor, el tiempo y... la muerte: “Aquel invierno fue poblándonos de ternura hasta dejar, inerte, el peso de tu cuerpo en mis brazos.”. Y es que, como dijo el sabio, “ser es, esencialmente, ser memoria” y, habría que añadir, “que duele”.


Plaquettes

Al mismo tiempo que Daniel Casado elabora textos poéticos en prosa hasta 2001 y guarda para la edición de El proyector de sombras en 2005 (incluso en esta época escribe poemas para El largo andar tan breve, libro que  publica en 2003), da a la luz varias “plaquettes” de contenidos dependientes de su estado emocional como es el caso de Ensayo de la pobreza (1998), diario de un retiro en el Monasterio de Yuste. De Me acuerdo (1999), un reconocimiento en prosa de George Pèrec con evocaciones de experiencias pretéritas, en colaboración con Elías Moro. De A vista de las aguas (2001), variadas reflexiones sobre la técnica de la flauta y los entresijos de la poesía: “Despojad al verso de toda huella humana, dijo el maestro. Vaciad el poema de vosotros mismos y llevadlo hacia la extrema unción con lo infinito.”. De Tabula rasa (2003), una indagación personal sobre la palabra tomando como punto de partida cada letra del abecedario: “H/h. Huir, habitar la espera, hundirse en las aguas abisales, invocar como entonces, de una piel tensada, el rítmico fragor de la palabra.”. O de El sueño invadido (2008), un trabajo fotográfico de investigación emocional, donde indaga sobre la conexión entre las artes.

Esta forma personal de componer versos para varios libros y plaquettes (o incluso desecharlos) procede del singular método de elaboración lírica que practica Daniel Casado: “Mi método de escritura siempre ha consistido en trabajar varios libros a la vez. Escribo y escribo, y los poemas van ajustándose -por diversas motivaciones- a unos libros u otros. Ese proceso dura, de hecho, varios años, por lo que inevitablemente las fechas de composición se superponen.”. Un método original sin duda que, si en un principio puede provocar en el lector un cierto recelo ante un contenido diverso, gana en dinamismo y variedad tonal.


El largo andar tan breve

Daniel Casado, ya encarrilada su obra poética, acumula otras vivencias que lo llevan a concebir la existencia como una paradoja: un largo y dificultoso recorrido que no es solo penoso realizar sino que, además, resulta temporalmente muy corto, contradicción que le impide vivirla plenamente. De ahí el título de su primer poemario, editado por el ayuntamiento emeritense, El largo andar tan breve (2003, Premio de Poesía Ciudad de Mérida).

Este libro se encuentra impregnado por el desencanto que le produce la pérdida de la infancia y la inquietud ante el fugaz paso del tiempo. No obstante, para compensar tales intranquilidades sale de su intimidad al exterior, muestra un interés solidario (“los locos miran […] / Ahí quedan […] / Acaso […] / los locos sueñan”) y dedica una mayor atención al lector, con el que aspira a compartir su deseo de comunicación: “Que esa palabra, / después de tantos cuerpos y pasiones y sueños, / acaso un día llegue a ser palabra en tus labios”. También incorpora el tema amoroso, cuando su ánimo se revitaliza emocionalmente por su próxima paternidad. No obstante, el jurado del Premio citado detecta esa madurez que ya caracteriza a Daniel Casado y se sorprende cuando se encuentra ante un escritor joven, cuyos años están lejos de la edad madura sugerida por sus versos.

Y es que el poemario comienza con una cita de José Ángel Valente, Ya te acercas otoño con caballos heridos, que adelanta el ambiente pesaroso en que se va a desenvolver el yo poético. De ahí que Casado dirija una mirada nostálgica al recuerdo del amor pleno e impetuoso de su juventud o que se refiera a la tormenta como símbolo que descontrola su existencia; a la niebla que cubre la realidad y no lo deja ver con la nitidez necesaria; a la decepción de vivir en una realidad sin emociones y a la desmemoria: “Levantas la mirada y abandonas tu silla, / sales - ¿por dónde? - al encuentro del olvido.”.

Como el tratamiento trascendente y la variedad temática a estas alturas de la obra poética de Daniel Casado ya se han hecho habituales, El largo andar tan breve profundiza en otros muchos asuntos (donde se encuentran ecos de William Blake, Luis Cernuda o Paul Celan) como la elegía por la muerte de Martín Romero; la nostalgia por un amor perdido; el deseo inalcanzable de reencontrar en la memoria del tiempo la inocencia que fue (materializada en una bella metáfora, “el ángel de cristal”), o el impacto emocional de las abrumadoras noticias cotidianas. Además evoca el amor pretérito que ahora es irrecuperable; la capacidad de la memoria para rescatar hechos gratos del pasado, aunque de una forma ideal pero no física, o la certeza de que la existencia es una realidad preocupante: “Ha helado fuera / y yo he soñado ángeles muertos / sembrados como vidrios en pena.”.
No obstante, también el yo poético equilibra sus inquietudes con respiros emocionales, donde muestra la certeza de que la vida se encuentra siempre palpitante detrás de la bruma con que sus intranquilidades empañan la realidad: “Sabemos que el dolor / tendrá mañana un límite, / que algo de luz / habrá de alzarse también / sobre estos cartones y esos vidrios”. Y es que, sin duda alguna, Daniel Casado quiere vivir de una forma gozosa su existencia [falta una coma] porque es consciente de que su memoria y su presente están ocupados también por vivencias gratificantes.

De ahí la esperanza en que el amor prevalece al paso del tiempo; el gozo por el nacimiento de su hija; el disfrute de la música como madre de todas las artes; la presencia amable de los ángeles o incluso la dulce melancolía por el amigo desaparecido: “Si existe una contraseña, una fórmula / o palabra, un solo pensamiento capaz / de regresarte, está entre las páginas / de ese libro que para siempre quedó / abierto sobre tu mesa.”.

De esta manera El largo andar tan breve finaliza de una forma esperanzada con una cita de Shakespeare, que cierra el poemario aludiendo a una concepción de la existencia exenta de dramatismo: el ser humano cumple con un ciclo vital que, naturalmente, tiene un fin: “Todos los jóvenes, amantes, todos los amantes / deben ir a donde tú vas, / y dirigirse al polvo.”.
De este modo, la poesía adquiere un elevado valor pues acerca al sujeto poético la revelación de una verdad, cuya aceptación hasta ahora le resultaba difícil asumir.


El viento y las brasas

Un año después, la editorial Pre-Textos edita a Daniel Casado El viento y las brasas (2004, Premio de Poesía Arcipreste de Hita), donde desarrolla la idea de que el viento (tiempo) se lleva las vivencias y las brasas (vida) son efímeros recordatorios de su existencia, entre los cuales destaca la experiencia amorosa de la que el poeta quiere creer idealmente que supera a la desmemoria: “pues aunque duela el mundo / y la vida crezca hacia el olvido, / perdura aquí la llama y su misterio,”.

Sin embargo, El viento y las brasas es, en su conjunto, un poema elegíaco sobre el amor, sentimiento sublime que en su punto álgido al yo poético se le antoja eterno (brasas), para poco a poco ir presintiendo su irremediable pérdida futura y acabar vislumbrando su conversión final en desamor (viento): “Porque no habrá memoria de tu amor por mí, / salvo este juego inocente de plástico y piedras, / esta insensata fuerza de la vida,”.

Así, los dos conceptos contrarios, viento y brasas, están muy presentes en el poemario como símbolos contradictorios de la naturaleza humana (“Como el viento y las brasas, / también nosotros estamos aquí. / A fuerza elementos de un paisaje / que en nosotros nace y se destruye.”); de la fragilidad de la existencia (“Mientras, la vida escapa / como la luna vieja de los viejos relatos, / como la luna, que es redonda, / lenitiva y amarga.”); de la necesidad que tiene el sujeto lírico como ser humano de vivir al menos con el recuerdo del amor perdido (“Como la brasa inerme espera al viento, / como el soplo nocturno incendia / su vientre […] / como aún respira en la ceniza / la memoria de lo ardido,  así te cito / en esta tarde imperfecta.”) y de concebirlo, aunque sea mentalmente, como un cálido refugio en medio de la gélida realidad: “Con qué silencio te amo. / De qué callada manera / van surgiendo imágenes, / pensamientos, trazos / que adormezco en mi memoria, / que hacen leve el paso, / feliz el cansancio;”.

Por este motivo, los recuerdos nostálgicos de momentos gratos junto a la amada traen a la mente del poeta la placidez de las horas de plenitud (brasas) compartidas con ella (“Ven a sentarte conmigo, Lidia, a la orilla del río / [...] / Y silba, Lidia, entre los juncos echados;”) sin la melancolía que ahora sufre por su pérdida (viento): “Tu corazón será de barro y cañas secas, / de lluvia y de temblor, y extraños pasos / sin prisa repararán en tu antigua belleza. / Porque no habrá memoria de mi amor por ti.”. De ahí que desee recuperar a toda costa aquel amor perdido e idealmente imagine ambientes bucólicos (como aquellos neoclásicos del extremeño Juan Meléndez Valdés), en los que sentir de nuevo la pasión amorosa (“en medio de la oscuridad, en la borrada orilla, / besar tus labios con la dulzura de las cosas que se hacen por vez primera”). Por este motivo todos son entornos plácidos, libres de intranquilidades, donde el amor se ha desprendido de circunstancias adversas: “Valdría una ventana donde se alza la hiedra, la suavidad del acanto, / el frescor de la calandria, el gemido de la nieve al derretirse. / […] / yo te amaría”.
Así, para rescatar el amor de antaño, el sujeto poético propone a su amada olvidar el pasado, vivir sólo el presente y llevar juntos una existencia consciente, realmente vivida, con la palabra como elemento esencial de conexión entre ambos: “que nuestra palabra siempre sea así; que impregne el aire / solamente la palabra cierta, la necesaria, la que incendie / cada vez nuestros sentidos, la que, emitida o callada, / deje en nosotros certidumbre de compañía”.

Pero este proyecto de vida en común es solo un planteamiento utópico que resulta inviable en la tosca realidad, porque el amor desaparece convertido en un excelso sentimiento teórico: “Bajan sucias las aguas, / restos de hoguera lamen la orilla: / con ellos va / cuanto debió arder en nosotros, cuanto arrasó nuestras vidas / con su lumbre cotidiana, cuanto no arderá ya / en las calderas ciegas del corazón.”.  Y, al cabo, solo queda la nostalgia de aquella pasión que un día desapareció consumida por el tiempo: “En nuestra casa sola y fría, / que sigue en pie para el olvido / se ha tendido, solemne / el tiempo.”.


Otra plaquette

En 2009, Daniel Casado edita Mar de sábanas, un conjunto de haikus que describe un desenfadado juego entre sábanas propiciado por la pasión amorosa: “Apaga la luz. / Que en las sábanas prenda / todo tu fuego.”. Aunque, ni siquiera en estos momentos placenteros, el yo lírico logra desvincularse de su perenne preocupación: “Diremos amor / -ira, llanto, gemidos- / mas polvo será”.


Oscuro pez del fondo

En 2010, Daniel Casado publica el poemario Oscuro pez del fondo en la editorial Rialp, después de obtener un accésit del Premio Adonáis, según el jurado, por “la madurez de su dicción que dialoga fructíferamente con algunas líneas fundamentales de la reciente poesía española, aportando originales inflexiones y una gran variedad temática”.

El título del poemario, que procede de unos versos de José Ángel Valente (Como el oscuro pez del fondo / gira en el limo húmedo y sin forma, / desciende tú), adelanta el ambiente desangelado en que se desenvuelve el contenido de este libro indicando que el ánimo del poeta ha tocado fondo cuando constata la certeza de que, como ser humano, es un individuo que se encuentra exiliado, desorientado, solo en la existencia: “Oscuro pez de fondo es un viaje a lo más recóndito de mi yo”, declara Casado en la presentación del libro.

Sin embargo, se trata de un poemario donde el sujeto lírico refuerza su anhelo de permanencia ante la esperanza que le proporciona el nacimiento de su hijo (“qué magnífico ser de nuevo / […] / sabiendo que tú estás”) o se reconforta con gratos recuerdos amorosos (“Solo así, mirándote con ojos nuevos, / descubro tu sencilla existencia, te amo / y reconozco en lo ajeno, // eres / de nuevo la de siempre”) o muestra su esperanza en la certeza de su permanencia (“Sabedlo: nada termina / para siempre. Nada sucede / para nada”).

Aunque esta momentánea recuperación, no consigue que ignore la intranquilidad vivencial que lleva instalada en lo más profundo de su conciencia (“Irrefutables van cayendo las horas / como negros interrogantes, ajados desperdicios, doctrina leve del tiempo que no sabe / ser más que tiempo”) y provoca  que su expresión se vuelva más hermética, decepcionado ante una realidad que no lo ayuda a alcanzar sus anhelos: “La noche, al fin, nos vence y nos aparta, / -dura noche, dije, duro son- con idéntico sigilo.”.

Tal extremo no evita que Oscuro pez del fondo sea un libro con mayor inquietud social, pues el sujeto lírico siente la necesidad de decantarse ante los sucesos preocupantes del mundo, consciente de no encontrarse aislado y de que la realidad no es solo la creada por los poetas ni la poesía [sobra la coma] es el único alimento emocional. Por esta razón, se preocupa por las personas que sufren atrapadas en ambientes ancestrales que lastran su progreso (“Al fin y al cabo es solo una vaca en medio del camino, / una mole de carne y pellejo, un amuleto / que veneran los parias y respetan las leyes del país.”), o por las que están aprisionadas en guerras que no han provocado y sufren lo indecible por intereses ajenos (“La tierra es ya un solo cuerpo, ardiente y mudo, / un costado de niebla que el odio ha empapado.”), o por las que intentan sobrevivir emigrando a costa de su vida (“Sobre la arena, sus cuerpos / son como astillas de lluvia”) y también se ocupa de la dificultad que tiene (igual que cualquier ser común) para adaptarse a la bronca realidad presente: “Hay un frío lejano, un remoto aullido / y una larga noche de palabras vencidas.”.

Y es que el poemario en realidad viene a exponer una convicción existencial del poeta, que seguramente firmarían los seres últimamente citados: difícil oficio el de vivir: “Qué celebrar en este altar […] / Qué bautizar en estas aguas […] / Nadie responde. // (Un cuerpo desnudo araña / en su caída la sangrante luz / del otoño).”.

No obstante, mientras el sujeto poético (muchas veces desdoblado en un personaje histórico, un escritor preferido o una persona anónima) lucha con los obstáculos interpuestos por sus circunstancias (“Oscuro pez del fondo, oscuro vicio / intacto de nadar contracorriente;”), a veces consigue una lucidez que lo lleva a esperanzarse cuando vislumbra cierta claridad al fondo del camino.

Este final del túnel, percibido intermitentemente, crea al yo lírico una nueva perspectiva vital que se manifiesta en un aumento de la capacidad expresiva de su palabra, en la presencia de una mayor fortaleza ante la presión emocional y en una consistencia versal más acentuada.


El creador del espejo

En 2012, Daniel Casado publica en la editora De la luna Libros El creador del espejo, un título enigmático que resuelve la nota de Bernardo Soares, heterónimo de Pessoa, al comienzo del poemario: “El hombre no debe poder ver su propia cara. […] El creador del espejo envenenó al alma humana”.

El contenido del libro trata un asunto de suma trascendencia desde el punto de vista existencial: la identidad del ser humano y la imposibilidad de conocerse, porque le resulta decepcionante contemplar su imagen con una nueva marca del paso del tiempo cada vez que se mira en el espejo y de ahí la inoportunidad de su autor al crearlo: “cada día te verás idéntico a ti, / mas seré yo, tu propia imagen, / quien revele el secreto a los demás”.

Este es el motivo de que el yo poético en este libro se muestre afectado por la desorientación que le causa no poder mirarse al espejo para no constatar la destrucción a que lo aboca el tiempo, pues ya sabe que resulta inútil su lucha contra él. Y más cuando es consciente de que se ve obligado a soportar la certeza de su propia imperfección: “entonces / (sólo entonces) / se alzará ante ti implacable, torpe, fiel, / y sin consuelo mi desastre, verás / la sólida inmundicia que te ama”. Por esta causa, intenta atenuar su pesadumbre vital buscando la Belleza, pero advierte que también puede dañar su ánimo si la entiende como una quimera: “La Belleza requiere, no obstante, / un último esfuerzo. // Bajo tus pies, el precipicio. / / Da un paso más. // Tan sólo uno”.

Por si esto no bastara, el vate advierte que la tragedia de la existencia es aún mayor, porque el ser humano, además, se ve acosado por enfermedades crueles como el alzheimer o por la estulticia de la sociedad posmoderna que, ajena a las cuestiones vitales (y, sobre todo, a las espirituales), se ocupa de nimiedades que rayan en lo absurdo (verbigracia, el quimérico culto al cuerpo) y nunca ayudan a alcanzar la resolución de los enigmas que necesitan dilucidar los seres humanos conscientes de su naturaleza finita (los pocos que se empeñan en no caer en la intrascendencia con que se vive hoy): “Ana y Mía, princesas sin reino, adolescentes en fuga exhibiendo su vacío desde / cientos de páginas webs invulnerablemente anónimas. Ana y Mía, princesas / equivocadas.” [Ana es como se denominan las chicas anoréxicas en la red y Mía, las bulímicas, en un desdoblamiento de personalidad que asumen como real...].

Ante tal intrascendencia, Casado escenifica sus dos intranquilidades presentes (el tiempo y el autoconocimiento) con un episodio en el que se desdobla (recurso bastante usado en este libro) en el hedonista Aleister Crowsley y el discreto Fernando Pessoa para llegar a esta conclusión: el ser humano, a diferencia de los animales, está dotado de conciencia que le permite sentir, amar, reconducir su existencia, contemplar la belleza del mundo, emocionarse, disponer de albedrío, ser feliz en definitiva. Pero estas ilimitadas posibilidades tienen contrapartidas en forma de inseguridad y temor: “Sólo es bella -por terrible- la vida. Terrible siempre la muerte, por muy bella que sea.”.

Finalmente, la consciencia de esta áspera realidad, que es la existencia para el yo lírico, llega cuando descubre que no solo es un ser vulnerable ante el tiempo sino que este lo castiga con una dureza que no esperaba al haberse creído distinto al resto y, sin embargo, ser igual que los demás, nada.

Por tal motivo, toma conciencia de que la existencia es una cuenta atrás y de que un día no quedará de él memoria alguna, cuando alguien se deshaga de su último recuerdo: “Y viene la muerte y en efecto: tiene tus ojos,  / aquellos de la primera fotografía. // Y otra mano, extraña, urgente, viva, / arroja el marco plateado al contenedor de la basura”.


Secretos que contar

En 2015, ve la luz en Amargord Ediciones Secretos que contar, poemario donde Daniel Casado se libera en parte de las vivencias pretéritas, se interesa más por asuntos del momento, presenta un mayor dinamismo y se expresa espontáneamente. Su deseo es mostrar secretos guardados en su conciencia hasta ahora en forma de intranquilidades y anhelos, que anuncia en voz alta para evitar que les duelan unas y compartir los otros.

Este cambio de talante se debe a que ahora sale definitivamente a la superficie a oxigenarse desde el pozo donde fue cayendo en los libros anteriores; constata que no se encuentra solo y desemboca en un ámbito vivencial más respirable, donde se desprende de rémoras pasadas, deja de mirar sólo en su intimidad y se abre al exterior para superar la desazón producida por la asfixia emocional que padecía y ocuparse de lo que sucede en su entorno: “Al principio nadie lo advirtió, fue una Nochevieja más, un nuevo día de Año Nuevo. […]. Luego hubo aviones, torres hundidas y el huracán de los cañones asolando aquellas ciudades, destruyendo escuelas y museos, viviendas y hospitales”.

Así, en Secretos que contar, se detecta un estilo más suelto debido a que el sujeto lírico se ha despreocupado por lo poéticamente correcto tanto en el contenido donde es patente el uso de la ironía, la crítica o el humor (-¡Oigan! ¡Que tengo poemas más baratos!), como en la indiferencia formal ante el empleo indistinto del verso y la prosa o la conciencia de estar siempre oscilando entre dos extremos emocionales o la certeza del objetivo de su tarea poética: “Me acompleja tanta docta formación / […] / pero entiendo que mi oficio no consiste / en ordenar palabras sino en darlas”. Pero, entre la aparente intrascendencia de su modo de decir, el poemario encubre una inquietud por la inconsistencia de la alegría, la felicidad y la existencia que pasa anodina e inexorable hasta afectar negativamente desde la amistad de la juventud a, antes o después, la integridad física de las personas amadas: “Habrá una torpe caída, un golpe de gracia, / y una voz nueva dará el aviso a tus familiares. / [...] / Tanatorio. Documentos. Lágrimas. Abrazos.”.

No obstante, Secretos que contar también es un libro variado que lo mismo se detiene en detalles sin importancia aparente (“Mosquito sobre la página” es el título de un poema) o denuncia hechos como la inconsciencia de la mass media en la difusión de la violencia (“1º. Encienda el televisor. / 2º. Seleccione un programa de la siguiente lista: / Mentes criminales / Crímenes que conmocionaron al mundo / Crímenes imperfectos / Navy, investigación criminal,) o reflexiona sobre las formas auténticas de amar (“La anciana maestra que emprende entusiasmada / un club de lectura para niños con cáncer. / El jubilado que ahora pasa las tardes en un comedor social”) o empatiza con el ser humano que concibe como uno y muchos a la vez. E, incluso, expone su perenne intranquilidad por el paso del tiempo con tono aparentemente despreocupado: “aun a sabiendas / de que resulta improbable / técnicamente imposible / que volvamos a ser / los mismos la próxima vez / que nos encontremos / si nos encontramos”.

Este carácter mundano descubre que, con Secretos que contar, Daniel Casado inicia una nueva etapa componiendo una poesía de voz firme, sentenciosa, menos sujeta a cánones de los que sabiamente se ha desprendido pues, de este modo, se nota más libre, seguro y creativo en la difusión de ciertas emociones que antes ocultaba: “Basta un giro de luz, una palabra / amable, nuestra propia respiración, / una boba melodía… y acontece. / Es la certeza de estar siendo feliz.”.

Y esta novedosa forma de decir Casado la alcanza combinando los conceptos como si de un juego lingüístico se tratara y haciendo malabares con las palabras (“Consumir / esa consumación, / con sumo cuidado”), las ideas ingeniosas, los temas candentes, las vivencias recordables y las dignas de olvidar, que sabe condimentar con una pizca de ironía, de ternura, de sensibilidad, de crítica, de novedad: “música, derecho romano, esoterismo, biología… // …  pero nada desentraña el misterio / que desprende el cabello de esa muchacha que ahora mismo cruza la calle”.

Así, con esta sabia combinación de recursos consigue un libro propio, dinámico, sin limitaciones intelectuales, firme en su tono y seguro en su naturalidad.


La segunda mirada

En el año 2017, Amargord Ediciones publica La segunda mirada a Daniel Casado, que en este poemario se desprende de tributos pretéritos, adopta un tono propio y perfila una nueva perspectiva vital, pues ahora percibe la existencia de una forma más esperanzada como resultado de remirar las cosas de una manera pausada y reflexiva.

Así, La segunda mirada alerta sobre la necesidad de no acomodarse a lo que se capta en la primera visión (“solo tengo palabras / para la agonía del perro / que en medio de los coches / aúlla desorientado”), pues siempre resulta una acción superficial y no es aconsejable por ser la fase en la que se crean los prejuicios. Por esta razón, Casado anima a remirar con una intención indagatoria para desentrañar el sentido profundo de la realidad, que se esconde detrás de la primera percepción. Ese es el motivo de que el poema central del libro, “La mirada que salva”, contenga una invitación a ser auténticos por encima de la superficialidad con que actualmente se está juzgando la realidad por mirarla sin reflexión ni reposo: “Nos queda indagar en nosotros. / Recrear de nuevo lo observado, / descubrir la extraña naturaleza / que da sentido a nuestras vidas.”.

Además, remirar no es siempre una acción favorable, pues a veces cuanto más se profundiza en un asunto más se descubre lo que no se desea. Así el yo lírico en un principio disfruta de los hallazgos que le aporta la segunda mirada (“Escuchad el nutrido silencio / del tiempo sin medida / y afirmad que la muerte no existe.”), pero más tarde se encuentra de frente con el paso del tiempo, su mayor intranquilidad. De lo que se deduce que buscar el significado de la realidad a través de una segunda mirada, solo lleva al poeta a reafirmarse en su certeza de que la existencia es efímera y de que la muerte no es únicamente un hecho vegetativo que elimina la vida física, sino también un suceso trascendente que anula la conciencia: “El agua, los cuerpos, la luz que acariciaste / y te sostuvo // duraron lo que el fuego”.

Sin embargo, el yo poético adopta una postura humanista desde la que se muestra abierto a la ilustración del conocimiento por medio del desdoblamiento de su personalidad para situarse en el lugar de otro ser humano y adoptar su perspectiva: “No te engañe, caminante, nuestra voz / pues todo cuanto ves en su derrota / ardió en la lenta agonía de los siglos: / oyes tu propia resonancia en el vacío.”. El poeta quiere vivir la existencia con optimismo e, incluso, invita a gozarla con intensidad: “Confía, no te agotes, / no admires tu derrota / y a la luz que tiembla sal: / poderosa te espera / la mañana, y es nueva, / como aquellas que amaste.”. Y es que la nostalgia por lo perdido en Daniel Casado es una prueba de que la vida le es grata y de que en su conciencia abriga una concepción amable de la existencia: “Abre tu corazón y respira. // Esas voces nos recuerdan / que jamás estamos solos”.

Pero, como es lógico, no olvida el proceso erosivo al que lo somete como ser humano el paso del tiempo: “Escucha: se consume / un segundo y nace otro, / y otro muy lento muere / y otro a cada muerte nace.”. Por este motivo, advierte que esta preocupación lo lleva a no apreciar la bondad de la existencia e incluso, cuando quiere expresarse, el lenguaje no le facilita esta labor con la precisión que desea: “Las palabras nos confunden ajustando / equivalencias más allá de toda lógica. / […] / Como si quisiera decirnos: esclavos: / solo el silencio os pertenece.”. No obstante, también confía en la esperanza de su permanencia en la palabra: “con mis manos quiero dar / simiente al poema, sembrarlo de luz / y esperanza, con agua lenta y clara / regalarlo”.

Así, esta oscilación provoca que sean características las paradojas repartidas por el poemario como “Vida y muerte son todo / y nada para siempre.” o “No la tristeza, solo la alegría duele”, que indican la desorientación del vate por no encontrar un sentido concreto a la cambiante realidad: “Ternura y espanto de sabernos Nada / en el Todo vacío. Soliloquio de estrellas / que dios alguno censura ni agradece. // Así el Genio nace y muere y da lo mismo siempre.”.

No obstante, el libro termina con un poema esperanzado, “Avanzando”, título que recoge el deseo de mirar hacia adelante. Con esta nueva actitud el poeta anuncia una renovación emocional, consciente de que debe adoptar un talante más positivo ante la realidad: “De nuevo en el camino, / solo y sin memoria / la paz de tu silencio / lo confirma: la dicha / tarda en llegar / pero llega avanzando”.


Extravíos

Extravíos (inéditos) son poemas traspapelados o desechados por su autor para formar parte de un libro. Pero su distinta procedencia no evita que coincidan en la actualidad de sus contenidos, la diversa temática, la cercanía a la realidad, el dinamismo expresivo, el tono contundente, la denuncia de las contradicciones presentes y la forma actual. Por estos motivos, Extravíos no parece un puñado de poemas sueltos sino un poemario que, además, es prolongación de los dos anteriores.

Y es que, temáticamente, trata asuntos muy del momento como la violencia sexual de jóvenes insensatos en las fiestas populares, que luego difunden viralmente sin ningún tipo de culpa: “Con qué violencia arrastran y violan a la chica. / Con qué alegría comparten sus hazañas en la Red”. O el afán de riqueza en forma de negocio multimillonario propiciado por el hedonismo sin freno: “Diez millones de metros cuadrados, / ochocientos campos de fútbol -remata / la locutora-, excepcionales garantías / fiscales y el derecho a fumar / dónde y cuándo se quiera, otorgarán / a este yermo castizo y proverbial / el deseado aspecto de lujuriosa arcadia / destinada a extraviar monedas / y tiempos, vidas y delitos.”. Y lo peor de esta obsesión acumulativa, una especie de síndrome de Diógenes, es que lleva a perder a quien la padece vivencias tan sencillas y necesarias como el amor: “Sabed que ese hombre al que todos admiran / por […] su inmensa fortuna/ [...] / puede enloquecer / […] / cuando ella, su amada costilla, / vacíe en otros brazos el perfecto hastío”.

Ante esta incomprensible realidad, el poeta contrapone el valor del espíritu al materialismo arrasador en un poema-homenaje a Hidelgard Von Bingen, religiosa y científica alemana del siglo XII, que supo aunar fe y ciencia, espiritualidad y conocimiento: “Fiel entre las horas que arden / y oscura tras las tinieblas, / a melancólicas almas / ofreciste obsesivo anuncio, ardiente revelación, suprema gracia / del Altísimo apenas consumada /en tus oídos.”.

Sin embargo, este respiro espiritual no consigue que el yo poético olvide su preocupación existencial incluso en sus actos más cotidianos como una simple visita al médico que termina con un sentencioso aviso del doctor: “la vida es lo que pesa”... O cuando recuerda que puede hacer pactos hasta con Dios, pero nunca con la muerte: “Suscribí con las mujeres un pacto de género. / […] / Acordé con el esclavo un pacto de género. / […] / Concerté con Dios un pacto de género. / […] / Firmé con la vida un pacto de género. / Sólo la muerte tendrá la última palabra.”. O cuando advierte que nada es inmutable, pues todo cambia: “Con motivo del décimo aniversario, / la televisión vuelve a emitir / las imágenes del ataque / a las Torres Gemelas. / […] / Sacrificio. Arrojo. Precisión. // A esto alguien lo llamará un día / obra de arte.”.

Luego, llama la atención la ironía utilizada contra la absurdez humana poniendo como referencia las presentaciones de libros que, aparentemente, son amables actos literarios y, sin embargo, lo que prevalece es la simpleza de saber quién no asiste para justificar una futura represalia: “Toda antología es una lista negra / que se lee del derecho y del revés.”. O sorprende el juego de palabras con mensaje sentencioso que recuerda a aquel lenguaje estrambótico inventado por Julio Cortázar: “Las palabras son espinas cuando se rompen. / […] / Se las espinas palabras son rompen cuando. / […] / Espinas las cuando son rompen se palabras. / Cuando son espinas las palabras se rompen.”.

Este dinámico talante que Casado adopta también se manifiesta de un modo trascendente en poemas con asuntos que descubren sus acentuados anhelos presentes: el deseo de conocerse y el afán de superación: “La erecta perfección de su cuello [de la tortuga] permite imaginar el arriesgado afán de movimiento, siempre hacia adelante”.


Epílogo

Adentrarse en la poesía de Daniel Casado supone un gozo estético por la conciencia de existir que se respira en cada una de sus reflexiones. Y tal postura vital, en un mundo presidido por la intrascendencia, adquiere un alto valor humano que, al expresarlo literariamente, lleva al lector hasta el culmen del placer estético porque la presenta en forma de una emotiva exposición, que es producto de una vivida y afanosa elaboración poética.

Y es que Casado ha conseguido sin aspavientos transmitir sus anhelos e intranquilidades en unos poemarios que van constituyendo un todo pues, en conjunto, cumplen los requisitos que necesita una obra poética para que pueda ser denominada como tal: Unidad (tiene un argumento existencial), coherencia (su tensión vital se detecta en todos sus libros), extensión (ya lleva ocho libros editados), trascendencia (los asuntos que versa afectan al ser humano universal) y evolución (partió del apego nostálgico a los recuerdos y ahora dirige su mirada hacia el futuro esperanzador).

Así Daniel Casado sin prisas viene conformando una obra poética con unas características personales que le han procurado una voz propia entre la primera hornada de poetas del siglo XXI: temas muy arraigados en la conciencia del ser humano, voz armónica que es y suena auténtica, fortaleza emocional para enfrentarse y ahondar en su esencia, base intelectual, amplio abanico de asuntos, tono consolidado, equilibrio estilístico, pulcra elaboración y capacidad de evolución y de adaptación a una poesía propia del nuevo siglo.

En fin, ahí queda en manos del lector el deseo personal de descubrir en una reposada lectura estas virtudes líricas que son características de una poesía elaborada en la intimidad de una existencia consciente.



Antonio Salguero Carvajal
Doctor en Filología Hispánica



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