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The end

     Volví a casa y allí, sentada en el porche, me esperaba la Muerte. Distinguí el fulgor de su guadaña a lo lejos; incluso llegué a asustarme pensando que pudiera tratarse de ladrones o algo peor. Cuando estuve frente a ella -¡qué otra cosa podía hacer!- la invité a entrar. Vino a decirme, con unos modales feísimos, que prefería esperar allí mismo, en el jardín.

         Sin perder la compostura -no serviría de nada en mi situación- he encendido unas velas y he puesto a los Doors a todo volumen. Si he de morir quiero que sea a lo grande. Y como en mi situación sería estúpido preparar yo mismo mi última cena, he encargado comida china por teléfono. El triple que de costumbre: esta vez no voy a reparar en gastos, me he dicho. Ante la tardanza del repartidor, y como en realidad no tengo apetito, he aprovechado para dar una cabezadita en el sofá. 

Me ha despertado la sirena de la ambulancia. 

Al mirar por la ventana, he podido reconocer al repartidor, aplastado contra la valla del jardín; la motocicleta envuelta en humo... Ya en el porche he tropezado con el casco, salpicado de salsa agridulce y rollitos de primavera. 

De la Muerte, en cambio, ni rastro.








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