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El superávit

    La culpa de nuestra situación la tiene el superávit. Lo dicen los analistas –que para eso lo analizan todo- y es normal pues por todas partes se encuentran cosas innecesarias. Ese sombrero por ejemplo, ahí, en el escaparate. En pleno siglo XXI quién se compraría un sombrero así; y lo que es peor: quién sería capaz de llevarlo puesto. Perdido su antiguo prestigio más o menos nobiliario, nadie en su sano juicio utiliza ya sombrero. Sin embargo -he aquí la prueba- se siguen fabricando. Y a qué precios. Es un insulto a nuestra economía, tan necesitada. 

     En todo el parque no he visto a nadie con sombrero. Es verdad que esta tarde no hay mucha gente. El cielo, que amenaza tormenta, no invita precisamente a pasear y menos con este viento que alborota las copas de los árboles y empuja, invisible, los columpios sin niños. 

     En el suelo, justo al lado del tobogán, he encontrado un sombrero. Ya me iba para casa y no era mi intención entretenerme en cuestiones ajenas pero, claramente, el sombrero estaba ahí, abandonado, y raro sería que alguien viniera ahora a reclamarlo. Entre otras cosas porque ya estoy en casa, frente al espejo, y la verdad es que no me sienta nada mal. Yo diría que es justo de mi talla. O mi cabeza de la del sombrero, eso no importa ahora.  Sí, me queda perfecto. Incluso hace olvidar mi calva inoperante y distrae la atención de mis ojos, que siempre han sido saltones y autónomos.

     Está decidido: en cuanto amaine el temporal pienso estrenarlo. Iré con él a la tienda. El otro -estoy seguro- me favorece más.
  

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