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El viento y las brasas. Poemas.


Episodio con lluvia y ventana


Antes que ella misma
fue el olor de la lluvia.

Llegaba antiguo y frágil, despistado
y se agolpaba
tras los cristales. Su presencia
se hacia acaso deseable,
cobijo aquel sedoso estruendo
en el sagrado, intangible centro
de la nada.

La lluvia -se dijo- es siempre
una forma de exilio.

Lamidos fueron
al instante los amplios ventanales,
el corazón
emitió un sonido similar
al de la nieve al derretirse
mientras ella miraba
las perfectas hojas del césped
mutiladas por el agua.

Abrázame,
oyó decirse en voz baja.

Abrázame.

Después fue la lluvia
borrándolo todo, deshaciendo
cristal y ramas,
labios y ventana,
automóviles, casas, y al cabo
a ella misma.

Tendido,
sobre un único trozo de pizarra
quedó el corazón anegado,

sin olor.




Vem sentar-se comigo, Lídia,
à beira do rio...

 
Ven a sentarte conmigo, Lidia, 
a la orilla del río,
a la enhebrada orilla oscura de este río
donde aún nos sentimos,
donde, dioses implacables, apenas acertamos
a consumir el aire, juntos, de la tarde.

O quizá tan sólo, como otras veces, deba
presentirte a mi lado, en las cercanas ondas
perfectas del agua, entre los brotes tardíos,
en el incendio solitario de la tarde
queriendo desvelar mi pensamiento.

Ven, te pido, inclinémonos, (aún con falsa devoción),
ante el milagro hiriente de cuanto vive aquí,
en torno a nosotros, ajeno a nuestro gozo,
extraño a nuestra preocupación.

Y silba, Lidia, entre los juncos echados;
entonemos, párvulos ancianos, el resignado canto.

Que ama el que sabe perecedero el aire
que lo habita y lo consume, que sólo aire
besamos cuando oponemos labios, cinturas,
en el secreto reino de la yerba emboscados.

Y dejemos, luego, caer la noche,
que su frío alcance nuestros huesos,
porque sólo en el temblor
razón tenemos del frío, sólo en el beso
la tibia noticia hallamos de estar vivos.

Ven, - la tarde se agrieta en nuestras manos -,
concede este baile entre las ramas, no a mí,
que acaso te quiera tanto que no acierte
el compás; concédetelo, Lidia, a ti,
a tus enamorados ojos.

Ciérralos, ahora, y no mires atrás.

Allí, en el secreto de los bosques,
vive sola la nostalgia.
Las pausas  de la niebla
habrán borrado en ella
nuestros nombres.

Como la brasa


Como la brasa inerme espera al viento, 
como el soplo nocturno incendia 
su vientre descuidado, y lo alza 
y lo prende, y largas horas lo tiene 
envalentonado y frágil; 
como aún respira en la ceniza 
la memoria de lo ardido, así te cito 
en esta tarde imperfecta. 
Te digo ven, 
vienes, aparecemos, se respira mejor 
el frío de diciembre, y en su silencio 
damos lugar al milagro.

Bajan sucias las aguas, 
restos de espuma lamen la orilla: 
con ellos va 
cuanto debió arder en nosotros, 
cuanto arrasó nuestras vidas
con su lumbre cotidiana, cuanto no arderá ya 
en las calderas ciegas del corazón. 

Tú estás aquí, 
tengo en mis manos tus cabellos 
y un largo frío compartido.

Como el viento y las brasas, 
también nosotros estamos aquí.
A fuerza elementos de un paisaje
que en nosotros nace y se destruye.



Primeros fríos

A quién besas cuando me besas

A quién buscas en mis labios, mi saliva,
en la íntima sequedad de mi garganta

A quién contemplas despierto
mientras duermes...

Tal vez te miras a ti, enamorada.

Y dices Amor, tendida sobre mí,
con tus senos como blancos interrogantes, 
mientras te hundes,  emerges,
naufragas impaciente  
sobre mi piel,
que te contempla  
y así te mira
en mí abandonada...




tenías la voz de las cosechas y la dulzura en tus párpados, el cabello gris como la distancia, la mirada lánguida y extranjera

hablabas de un lugar para la danza y el olvido, para el error y la lluvia

de tus hombros lentos manaban las tardes de septiembre, olían tus manos a membrillo y claridad y en tu lecho aún quedaban restos de hielo y desnudez

hablabas más allá del aire y las sílabas, mas allá del silencio

hablabas de dejar esta tierra en llamas


caminar con los pies llenos de frío, vuelto el rostro al suelo, la faz helada, las manos dentro del abrigo 

caminar despacio, no obstante, cada vez más 

sentir cómo las palabras nos van cubriendo bajo la noche, cómo a su fluir vamos quedando anclados, pétreos, sin poder hacer nada 

y en medio de la oscuridad, en la borrada orilla
 besar tus labios

con la dulzura de las cosas que se hacen  
por vez primera 

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