Pesadillas comunes 


Estaba a punto de llegar a Comala cuando apareció ella, la Hechicera. Me habló de un lugar donde gobiernan los niños y los humillados de la belleza recitan a Horacio por las esquinas; sonrió con dificultad y luego me dijo que no volviera a buscarla más a aquel café de Alejandría. No la hice caso. A la noche siguiente traspasé de nuevo el umbral. Allí seguía ella, que ahora se hacía llamar Justine. Hundiéndome sus ojos, protestó: -¡pero qué diablos haces en Macondo! Intenté retenerla del brazo pero volvió a la noche y sus misterios dejándome solo a la puerta de una humilde cabaña. La madreselva cubría las ventanas y un sol radiante taladraba el silencio. Una anciana se acercó para decirme que aquél a quien buscaba, el loco de Kampa, se estaba dando un baño de estrellas. Me fuí de allí antes de que apareciera Clara Janés. La solución a este entuerto -me dije- está en la página siguiente. Pero no había más páginas. El libro sólo contenía un puñado de arena. Al cerrarlo supe que ya todo sería oscuridad. Ítaca es aún más hermosa de noche.



Lo más terrible es que sólo existe una vida. Y no es ésta. 



Escarnio de poeta arcaico


Me fue dado conocer a una muchacha de tez silenciosa como piedra de río. Sabía oler el mar y esperar otro milagro de las cosas. Otro milagro... y sucedía. Calzaba una sonrisa treinta y séis y un par de arrugas en los ojos. Seguía respirando mientras besaba. Amaba la tristeza inexplicable de los lunes. Su pelo era largo y castaño.

Fue un tiempo de congresos y descuidos. Juntos bebimos el vino del más dulce olvido. Escribía versos que humillaban los míos. Deshecho el amanecer, me recitaba en silencio sus próximos poemas. En algunos yo aparecía, pero eran más bellos los otros.

Entonces sucedió. Fue una simple mirada, un silencio de cucharas, un número de teléfono y un nombre.

Aquel poeta metafísico y plasta, aquel artista del collage, tan fotogénico. Llamó tres veces. Ella se fue a la segunda.

La vi marchar -olvidando siquiera una nota- del brazo de un cretino discípulo de Brossa, un sabio estratega de la poesía objeto. No volví a mirarla a los ojos. Siempre supe que el suyo era un exceso de poesía visual.


Variaciones sobre la errata

1.
 La errata es bella.
2. La errata es la arruga del lenguaje, las ojeras del pensamiento. 
3. Hay quien sólo ve la errata en el hojo ageno. 
4. Un liftin de erratas y un estiramiento del corazón.
5. Toda herrata es un herror que pone a prueva la disziplina y umildad de su hautor. 
6. La errata: ese animal peludo y asqueroso que devora mis papeles. 
7. Un corrector de erratas del corazón.
8. No desearás la errata del vecino. (Más que nada porque siempre acaba volviendo a él).
9. No pesan los años, pesan las erratas.
10. Y dijo el sabio asno: no la toques ya más, compadre, que así es la errata.

Bonus trak:
11. Esa errata llamada España.



Confesión

Confieso, Padre, que no he pecado. Que no logré jamás transgredir tus advertencias. Es cierto que te maldije y que robé por necesidad, si no de hambre, de experiencias. Es cierto que he matado y que he deseado tantas veces la muerte de mi prójimo, y aún de alguno ya lejano. Que el odio y las pasiones maltrataron mi consciencia. Que deseé a tantas mujeres como mi soledad exigía. Que acumulé el oro para los míos y los de mi estirpe. Pero jamás violé las Leyes Naturales, la indisoluble divinidad que ostenta mi existencia, esta vida, Padre, en la que siempre te he buscado sabiendo que no existes, ni puedes, allá donde yazgas, perdonarme.



Las siete menos cinco

La joven mimo ha dicho -Por favor... cuando pasaba a su lado: -¿puedes decirme la hora? y su cara era blanca de arena y de frío. Lo sé porque temblaba más de lo normal la margarita mustia entre sus dedos. -Las siete menos cinco, he respondido yo. Su rostro de vieja porcelana ha tensado una sonrisa. Luego se ha bajado del taburete, y recogiendo dos o tres monedas desperdigadas junto a la caja vacía, hemos enfilado la calle mirando al suelo cabizbajos, como si fuéramos juntos.