Diez razones (psicodélicas) para no creer en los derechos de autor


1ª cuestión: 
La propiedad intelectual no existe -aunque la ley recalque que ésta es inalienable-, ¿acaso nos hemos leído a los persas, a los griegos, a los grandes poetas latinos y a cuantos nos han precedido hasta hoy? De existir tal derecho, todos los poetas -incluidos los malos- andarían en números rojos.

2ª cuestión:
La fortuna del arte es que no da dinero. Dinero dan los cuadros, las películas, los discos... y a eso se le llama industria. El arte -a secas y a locas- sólo existe mientras se hace. La obra es tan sólo la triste cacofonía de un milagro.

3ª cuestión:
El botánico nos advierte: no toque esa flor, aún tiene la pintura fresca.

4ª cuestión:
Todos los seres humanos -incluidos los directivos de la SGAE- somos copia unos de otros.

5ª cuestión:
En el mejor de los casos, el plagio sólo sirve para postergar al autor. La imitación, en cambio, lo hace eterno.

6ª cuestión:
Sólo el mediocre teme que lo copien. (Bueno: el mediocre y el "agarrao").

7ª cuestión:
Un banco de lágrimas y emociones, un depósito de pensamientos amaestrados y en medio el "artista", esperando su turno con la cubeta en la mano. -"¿El último, por favor?"

8ª cuestión:
Copia, que algo queda.

9ª cuestión:
Si alguien copia sílaba a sílaba mi poema, deberé estar en condiciones de reemplazarlo inmediatamente por otro aún mejor, es decir: digno de ser copiado.

10ª cuestión: 
¿Cómo voy a proteger mi obra si mi obra soy yo?



Estatuas

 

Un día más me quedaré sentado aquí,
en la penumbra de un jardín tan extraño.
Cae la tarde y me olvidé otra vez
de tomar una determinación.

La estatua del jardín botánico, Radio Futura



También yo he recalado aquí, a la amable umbría de un jardín fresco y municipal de una ciudad que no conozco. En esta tarde de verano con sus perros, sus palomas, su fuente y su caudal, quiero reunirme en soledad y, por unas horas, observarlo todo detenidamente.

Cómo no ser -ahora que no soy yo- el joven padre que cruza empujando el cochecito hacia el bar de siempre. Cómo no ser el niño pelirrojo que da vueltas a la fuente, silencioso y tenaz, sobre el estribo postmoderno de su patinete. Cómo no ser cualquiera de esas abuelas a la hora del crepúsculo, cuando la ciudad se afea de repente y les recorre un negro presagio que, sin embargo, callan. Cómo no ser la camarera mulata que enciende su cigarro y descansa, apoyada en el escaparate de la farmacia (tras ella, un anuncio de cremas promete el milagro de la eterna juventud) mirándose los dedos amarillos y las uñas de colores. Cómo no ser la lívida farmacéutica que enviudó de alegría al tomar las riendas del negocio: aún es joven y hermosa, pero ya no sabe sonreir a los clientes. Cómo no ser la parejita que llega en moto (han ensayado mil veces la frase perfecta) a comprar preservativos y, de paso, cualquier otra cosa innecesaria. Cómo no ser el hombre feliz sin camisa que cruza ante mis ojos. Cómo no ser esta callada simetría de las sombras contra el húmedo azulejo de las fuentes...

Cómo no ser -ahora que no soy yo- todo lo que soy, sin saberlo del todo.



El enemigo

Me despertó el grave olor de la envidia. Tan huérfano de mí se presentaba que, sin temor, me incorporé dispuesto a adivinar su rostro. De par en par abiertas, las puertas del balcón repartían la tiniebla que, por momentos, parecía alojar alguna forma, tal vez un cuerpo, o su ausencia. Sólo el silencio -agudísimo- evidenciaba allí una existencia ajena a la mía; su maltratada soledad contaminaba el aire. Rechacé un diálogo inútil. Estaban claras las causas de aquel mal. Oscuro, impenetrable, se ocultaba de mí rodeando la estancia con un hedor de mil demonios. Me dispuse a avanzar, blindó el camino. Los muebles, esparcidos por la habitación, se cruzaban a cada movimiento mío cerrándome el paso. Qué fuerza -pensé- consigue así vencer las viejas y contrastadas leyes del tiempo y el espacio. Entonces comprendí: tan sólo el odio o el amor: su misma raíz les concede don tan arbitrario. Y pues ambos sentimientos se nutren de una infinita ceguera, aquella oscuridad nos bendecía a los dos, cada cual en su frontera. Sin mediar palabra avancé hacia aquel ser derruido sorteando su miedo, mucho más grande y compacto que mi humilde mobiliario. Por fin mi mano izquierda alcanzó la pared. La diestra, sorteando aún las sombras, no tardó en encontrarlo. Palpé su amargo corazón, pues nada más había. Ni piel ni huesos, ni mirada ni voz. Sostuve como pude aquel dolor inabarcable y lo llevé hasta mi pecho. Cesó al instante aquella lucha imposible. Y allí, en pie y desnudo, abracé a mi enemigo.



Los días 

Con extrema suavidad o con dureza tibia, los días lo van amansando. La fuerza irracional y precisa de antaño, la rabia, el viejo descontrol... van dejando paso a un dócil animal que ahora mide sus palabras y reprime sus golpes; ese cauto aborigen que asistido por la inteligencia o el engaño asume su silencio y pide tiempo muerto a su corazón. Mirándose en las lentes de aumento de la televisión, desde el fondo sin fondo de las estadísticas oye el áspero murmullo del tiempo y se abriga de certezas, cuando no tan sólo de recuerdos. Así día tras día, hasta quedar reducido a cenizas.

No es consciente, sin embargo. Piensa que tiene, todavía, la vida por delante.